Entonces ella falleció una tarde calurosa de febrero a las cuatro treinta. En sus ojos, por un corto lapso de un minuto, se pudo ver como poco a poco el brillo se iba apagando como faros de un auto que luego de atravesar la neblina dejan de ser útiles. Antes de morir, ella le había pedido que le sacara una pinta de sangre. La brisa cambió a las dos horas, de una brisa caliente y atosigante a una ventisca fresca y húmeda, una brisa que vaticinaba lluvia. A las 7 comenzó a llover torrencialmente, no fue algo paulatino sino de repente, como si la hubiesen encendido con un switch. Volvió a refugiarse entre las cenizas y las delgadas cortinas de humo. Llegó justo antes de que la lluvia empapara todo, llegó con una cajetilla de Marlboro rojo decidido a no dejarse abatir. Pero cómo podría no hacerlo, cómo podría no dejarse trastocar por aquel fallecimiento. De seguro la cajetilla no sería suficiente, quizás tendría que haber hecho algo más radical, ser budista, irse al Tíbet, perderse en ltam...